El precio de los alimentos se ha convertido en uno de los principales factores de presión sobre la economía de las familias europeas. En los últimos cinco años, los alimentos y las bebidas no alcohólicas han experimentado un fuerte encarecimiento en buena parte del continente, pero la evolución de los salarios mínimos no ha sido igual en todos los países. El resultado es una situación desigual: mientras en algunos Estados los ingresos mínimos han crecido por encima de los precios de los alimentos, en otros ha ocurrido exactamente lo contrario.
Esta es la principal conclusión de un análisis publicado por Euronews el 27 de septiembre de 2026, elaborado a partir de datos de Eurostat y que compara la evolución de los precios de los alimentos y de los salarios mínimos en 26 países europeos.
Según estos datos, entre agosto de 2021 y agosto de 2026 los alimentos y las bebidas no alcohólicas se encarecieron, de media, un 34 % en la Unión Europea. Sin embargo, las diferencias entre países son considerables. Hungría registró un incremento del 57 %, mientras que en Bulgaria y Rumanía el aumento superó el 50 %. En Francia, en cambio, fue del 25 %, y en Chipre del 21 %. España se situó en torno al 35 %.
Estas cifras muestran que la crisis del coste de la vida no ha tenido la misma intensidad en toda Europa. Pero la evolución de los precios, por sí sola, no explica cómo ha afectado a las familias. Para valorar sus consecuencias también es necesario tener en cuenta los ingresos.
Cuando los salarios no siguen el ritmo de los alimentos
La comparación entre los precios y los salarios mínimos permite observar una segunda dimensión del problema. Un aumento salarial puede compensar, parcial o completamente, el encarecimiento de la cesta de la compra. Pero cuando los alimentos suben más que los ingresos, las personas que dependen de un salario bajo disponen de una menor capacidad para afrontar sus gastos alimentarios.
España es un ejemplo de ello. Durante el periodo analizado, el salario mínimo aumentó aproximadamente un 29 %, mientras que los alimentos y las bebidas no alcohólicas lo hicieron un 35 %. De acuerdo con los cálculos de Euronews, esto representa una reducción aproximada del 5 % en la capacidad de compra de alimentos de una persona que percibe el salario mínimo.
Este dato no significa que todos los trabajadores españoles hayan perdido un 5 % de poder adquisitivo, ya que el análisis se centra específicamente en la relación entre el salario mínimo y los precios de los alimentos. Tampoco incorpora otros gastos esenciales como la vivienda, la energía o el transporte. Precisamente por ello, el resultado debe entenderse como un indicador concreto de la presión que ejerce la alimentación sobre las rentas más bajas.
En otros países europeos, la situación ha evolucionado de manera diferente. En Alemania, por ejemplo, el salario mínimo creció más que los precios de los alimentos durante el periodo estudiado, mientras que en Francia la evolución de los precios fue superior a la de los ingresos mínimos.
Una misma inflación, consecuencias diferentes
La comparación europea pone de manifiesto que hablar del aumento de los precios de los alimentos no es suficiente para describir el impacto social de la inflación. Dos países pueden experimentar un fuerte encarecimiento de los productos alimentarios y, sin embargo, las consecuencias sobre las familias pueden ser diferentes si los salarios evolucionan de manera desigual.
Esto convierte el precio de los alimentos en una cuestión directamente relacionada con la desigualdad económica. Los hogares con ingresos bajos disponen de menos margen para absorber los incrementos de precios y pueden verse obligados a modificar sus hábitos de consumo.
Este cambio no implica necesariamente dejar de comprar alimentos. Puede significar, por ejemplo, sustituir determinados productos por otros más económicos, reducir la compra de productos frescos o limitar la variedad de la dieta. En consecuencia, el encarecimiento de la cesta alimentaria puede acabar afectando no solo a la cantidad de alimentos disponibles, sino también a la posibilidad de mantener una alimentación saludable.
Las diferencias dentro de Europa
La situación es especialmente significativa porque no todos los países han evolucionado en la misma dirección. En algunos Estados, los incrementos del salario mínimo han sido suficientes para superar el aumento de los precios de los alimentos. En estos casos, la capacidad teórica de compra de alimentos de una persona que cobra el salario mínimo ha aumentado.
Esta evolución se ha producido, entre otros países, en Hungría, Rumanía o Croacia. En cambio, en países como España, Francia o Malta, la relación entre ambos indicadores ha sido menos favorable para los salarios mínimos.
Las diferencias también son visibles cuando se observa el aumento de los alimentos. El encarecimiento ha sido especialmente elevado en varios países de Europa central y oriental, mientras que algunos Estados occidentales han registrado incrementos más moderados.
Esta heterogeneidad hace difícil hablar de una única «crisis alimentaria europea». Lo que existe es una combinación de situaciones nacionales diferentes, condicionadas por la evolución de los precios, los salarios, las políticas públicas y el nivel de ingresos de cada sociedad.
Más allá del precio de la cesta
El análisis de Euronews pone sobre la mesa una cuestión que va más allá de la inflación: la capacidad real de las personas para acceder a una alimentación adecuada.
El problema, por tanto, no consiste únicamente en determinar si los alimentos son caros o baratos. También es necesario preguntarse qué proporción de los ingresos de una familia debe destinarse a comprarlos y qué recursos quedan disponibles para afrontar el resto de las necesidades básicas.
Esta perspectiva es especialmente importante para estudiar la desigualdad alimentaria. Cuando una familia con ingresos elevados afronta un aumento de los precios, dispone habitualmente de un mayor margen para absorberlo. Una familia con ingresos bajos, en cambio, puede tener mucho menos margen para reducir otros gastos y mantener al mismo tiempo una dieta variada.
Por ello, la evolución de los precios de los alimentos y de los salarios constituye un indicador relevante para entender cómo se distribuye el impacto de la inflación dentro de una sociedad.
La cuestión de fondo es, en definitiva, si el aumento del coste de la alimentación está siendo compensado por la evolución de los ingresos. Los datos analizados por Euronews muestran que la respuesta varía según el país y que, en algunos casos, los salarios mínimos no han avanzado al mismo ritmo que los alimentos.
Esto sitúa la alimentación en el centro de un debate que ya no es únicamente económico, sino también social: tener alimentos disponibles no garantiza que todas las personas puedan permitirse una alimentación adecuada y saludable.
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